Dedicándome a incrementar mi vicio a la droga de tu mirada casi puedo rozar con la punta de mis dedos la seda que cubre tu corazón, dejándome así un embriagador aroma en ellos.
Me miras y me vuelvo delicada, frágil, como una pieza de cristal al borde del precipicio de tus ojos que, finalmente, cae a causa de alguna de tus sonrisas.
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